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Augusto, salvador de la Humanidad

Caía una fina lluvia.

Augusto escuchaba el canto de un zarapito real con alegría. Era una sinfonía, monocorde e intensa por momentos, aunque con su toque nostálgico como toda aquella tierra. Y pensó: será macho o hembra. No tenía ni idea de pájaros y menos si eran escoceses. Pensó otra vez. Si ellos o ellas cantan, qué podría hacer yo.

Augusto era bastante liviano en sus pensamientos. Es un decir. Una vez había tenido un pensamiento que le había durado tres semanas. Y después, poco más. Pensaba y despensaba casi al mismo tiempo.

También era inteligente. En el sentido más práctico. En una ocasión, se había quejado y al darse cuenta de que no iba a conseguir que le devolvieran el dinero, desistió y se quedó con aquello.

Aquello era un spray con aerosoles prohibidos en la UE, fabricado en China cuando Mao aún debía respirar, porque el tufo que echaba para ser un desodorante era considerable. Aún así se roció la axila. Cada vez que lo hacía se preguntaba para qué. Quizá era un eco temporal de su comportamiento habitual cuando estaba en su casa. Y aunque ahora estaba de vacaciones, era como mantener un cabo metafórico a sus rutinas.

«Cuuur-liiiiii… cuuur-liiiiii…» El zarapito seguía a lo suyo. Y Augusto también continuó acicalándose para emprender la salida hacia la que iba a ser una gran aventura.

Fuera seguía casi lloviendo. Había una neblina muy tenue, lo justo para matizar todos los colores de la fresca mañana que se veía desde su habitación. El zarapito seguía a lo suyo. Era un zarapito macho, pensó Augusto. No podía ser de otra manera. Estaba llamando a la hembra, a la suya o a la que querría que lo fuera.

Y él tenía por delante una jornada para cumplir uno de los sueños de su vida. Convertirse en un auténtico guerrero escocés que combatía por la independencia de aquellas bravías tierras, aunque fuera durante un instante de tiempo.

Hacía poco había descubierto que él, aunque español de nacimiento, tenía un lejano descendiente en aquellas Tierras Altas, en esas solitarias Highlands. Su abuelo Julio Maconos ya se lo decía. «Maconos viene de Mac Onos y Onos de Unos, porque éramos los primeros. Y si acabamos en España es porque los ingleses nos derrotaron y algún Uno debió huir por el Norte en barco, que el Sur estaba imposible».

Y yo pensé. A lo mejor mi abuelo tiene razón. Al fin y al cabo procedíamos de una familia con evidente amor por jugar con los nombres. Mi abuelo, Julio. Yo, Augusto. Y mi padre, Octavio. Pues eso. Hasta que descubrí aquel legajo en gaélico en aquel baúl de la Casa Vieja siempre había pensado que toda esa historia de los nombres era por los emperadores romanos.

Pues eso. Hoy tocaba luchar por la independencia escocesa y allí estaba yo con esa armadura imponente y ese espadón.

EL BOSQUE DEL ZARAPITO

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